sábado, 31 de diciembre de 2016

Una costumbre personal en la última noche del año

Desde hace años, tengo una pequeña costumbre secreta en Nochevieja y me gustaría contárosla hoy. En realidad, es algo muy simple. Durante esta noche, ya tarde, aunque siempre antes de las doce, en algún momento en que en todas partes están ocupados con la cena y la celebración, a mí me gusta, en casa, inventarme alguna excusa para "desaparecer" durante cinco minutos de donde están todos reunidos y marcharme a la última habitación. Allí abro la ventana y me asomo a la oscuridad de la noche; siento el frío en la cara y en los huesos (porque en Sevilla, contra todos los tópicos, hace frío); y ese aire de la última noche del año caduco me hace sentir vivo y sentir bien.

Entonces, respiro profundamente y trato de recordar a todo el mundo, a quienes conozco y a quienes no he visto nunca; os recordaré a vosotros, lectoras y lectores de este blog, y trataré de imaginaros esta noche en vuestra cena, en vuestras vidas; también trataré de recordar especialmente a quien puede que no tenga quien le recuerde esta Nochevieja; o a quien haya sido expulsado de su hogar o de su tierra. Incluso como otras veces hago, fabularé cómo sería esta noche hace siglos, en el paisaje que se extiende ante mis ojos, cuando lo habitaban más allá de la muralla (si un día fuerte, ya desmoronada) los que fueron antepasados de los antepasados de nuestra generación.

Y un año más, nos imaginaré a todos en una especie de barco, navegando sobre un mismo mar...

No digo que me salga muy bien, pero haré lo que pueda.

El año 2016 ha traído a mi vida algo extraordinario, algo que lo cambia todo. Y ahora me siento preparado para entregarme a mi destino en 2017. Esta noche pensaré que mañana por la mañana, cuando me levante, quizás escuchando el Concierto de Año Nuevo, habrá empezado otra era. Sentiré que la noche anterior (hoy) ha terminado una época que deja paso a otra diferente y más prometedora; no en lo material, o en lo profesional, o en el éxito social; me refiero al advenimiento de una vida con corazón, existencialmente nueva, de serena comprensión y que fluya con lo más esencial de las cosas.

Como me incluyo entre los que creen que el breve lapso de tiempo que pasamos en este mundo es por algo y para algo, creo también que aquí venimos a afrontar un Buen Combate. Pienso mirar al nuevo año desde esta perspectiva; y que la vida nos lleve adonde nos tenga que llevar.

Deseo para vosotros, y para mí, valor, fortaleza, ánimo sereno y mucho, mucho corazón para nuestro Buen Combate en 2017.




jueves, 29 de septiembre de 2016

El puente romano del Salado

Todos los años, en la época en que los árboles pierden sus hojas y el Sol no tiene fuerza suficiente para mantenerse en lo alto, cuando las tinieblas llenan temprano el cielo y las lluvias y el frío recuerdan al hombre cuán poca cosa es, todos los años, cuando esto sucede, llega la tristeza. No puedo explicar por qué llega ni por qué invade los corazones de los humanos. Lo único que sé es que aparece como un viento frío, cuando menos se la espera, y que los mortales no nos damos cuenta de que ha llegado hasta que la tenemos dentro.

Cuando esto sucede, me gusta ir al puente romano.

Tomé el coche y salí desde Sevilla en dirección a Ronda. A la altura de Montellano, tomé la primera salida de la derecha. Era ya todo un camino hacia la Historia. La carretera A-8128 es una antigua cañada real que atraviesa lugares sobre los que se han posado los ojos de hombres de la más remota antigüedad, pero también los de hombres de Roma y del pasado medieval de la Banda Morisca; lugares que hoy se entregan a un agro pacífico y laborioso, y que ofrecen a quien tenga la curiosidad de ir a verlos unos atardeceres imposibles. El mero hecho de tomar esta carretera me hizo sentir aliviado del peso de una existencia plomiza y absurda. Y el posar mi mirada sobre aquellos horizontes, como tantas generaciones anteriores habrán hecho, me devolvió la calma del que se sabe una simple pieza más del eterno samsara, del que algún día, tal vez, podremos salir.

Después de avanzar unos cinco kilómetros, divisé la Torre de Lopera en lo alto de una loma. Allí aguantaba, como podía, el paso de los siglos. La carretera atravesó el arroyo del Salado, con más historia que moléculas de agua en su seno, e inmediatamente, frente al camino a la Torre, aparqué en un rellano del arcén. Había llegado a mi destino: allí, invisible desde la carretera, se encontraba el viejo puente romano.

El puente sobrevive en un lamentable estado, pero aún permite salvar el arroyo. No tiene ningún cartel que avise de su presencia. No tiene ningún nombre. No tiene ningún lujo: sólo su decadente belleza y la historia que rezuma por todos sus poros.

Lo atravesé andando y, al llegar al otro lado, bajé y me acerqué al hoy exiguo cauce del arroyo del Salado. Vi una piedra que, amablemente, me ofrecía descanso y acepté. Me senté y, en silencio, escuché el murmullo del agua y contemplé la panorámica del puente.

En Los trabajos y los días, Hesíodo explicaba que la historia humana no es sino la crónica de la decadencia. En un principio, hombres y dioses convivieron en una situación bastante parecida: fue la Edad de Oro. A ésta sucedió la Edad de Plata, donde los mortales fuimos viniendo a menos y la Madre Tierra, Gaia, se volvió menos generosa con nosotros. Nuestro descenso ad inferos continuó y llegamos a la Edad de Bronce. Tras ésta, siempre en caída libre, llegó la Edad de los Héroes, la mítica era de Aquiles y Patroclo, Héctor y Paris, y todos los héroes que lucharon en Troya.

Pero no bastó con los héroes: la especie humana siguió cayendo y alcanzó la terrible Edad de Hierro, en la que nos encontramos ahora mismo; una edad esforzada y de servidumbre, azarosa y alejada del espíritu y de la riqueza generosa de Gaia. El mismo arroyo del Salado es paradigma de la Edad de Hierro, pues si bien narran las crónicas del s. XIX que era un arroyo de salvaje cauce e imposible de vadear, lo cierto es que hoy puede sortearse con un simple salto.

Hesíodo profetizaba que aún había de llegar una Edad peor que la de Hierro, pero no quiero imaginar siquiera cómo será.

Enzarzado en estos pensamientos, regresé a mi tristeza interior. De tanta melancolía, me sentí tan cargado de años como el vetusto puente romano y consideré mi cuerpo y mi alma como aquellas viejas piedras gastadas, vencidas y caídas. Sin embargo, no pude evitar reparar en la extraña belleza de aquel superviviente del tiempo. Su desgaste me hacía temer por su futuro, pero allí estaba. La belleza curvilínea de las bóvedas que antiguamente albergaron al cuerpo de guardia seguía manteniéndose. Su arco rebajado, con las muescas inevitables de la edad, seguía presidiendo sobre el arroyo. El puente llevaba allí, al menos, dos milenios: había llegado a este mundo mucho antes que yo, y seguramente me sobrevivirá a mí y a mis pensamientos. Posiblemente, otros hombres de otras épocas remotas también se sentaron allí, en alguna piedra, a contemplar la perenne estabilidad del puente. A lo mejor también llegaron tristes y también se deleitaron con la intemporal belleza de la construcción. Quién puede saber cuántas veces ha sucedido este diálogo entre un caminante y un puente, y cuántas veces tendrá que suceder aún.

Fue entonces cuando me di cuenta de que mi tristeza se había ido. No dejaba de sentir cierto desgarro dentro de mí, pero ahora todo era distinto. Entendí que el puente, el viejo puente romano, seguía prestando su servicio: permitía que los caminantes pudiéramos seguir nuestro camino. Y comprendí que todos estamos aquí para algo, todos tenemos una misión.

La tarde empezaba a declinar, así que me levanté de mi piedra, respiré profundamente, inundé mis pulmones con el aire frío y mis oídos con el murmullo suave del arroyo. Agradecido por el mensaje, remonté el puente, lo atravesé y llegué hasta el coche.

En ese momento, al otro lado, por el camino a lo lejos, apareció un rebaño de ovejas, dirigido por un pastor y su perro. Unos instantes después, las ovejas cruzaban ordenadamente el viejo puente romano, inundaban el rellano donde me encontraba y seguían tranquilamente su camino. El pastor llegó adonde yo me encontraba:

- Buenas tardes.

El hombre lo dijo mirándome a los ojos, con amabilidad, con gesto adusto, pero cordial, al contrario de lo que suele suceder en la ciudad.

- Buenas tardes –le respondí.

El puente que hace dos mil años se construyó para servir a los soldados invasores, hoy era utilizado por un ejército distinto: una cohorte de pacíficas ovejas, capitaneada por un pastor de mirada franca y su perro. Sin saberlo, aquellos romanos embelesados con sueños imperiales habían servido a un plan superior.

Ahora estoy seguro de que, del mismo modo, sin saberlo, todos servimos a un plan superior.

sábado, 2 de julio de 2016

Abandonados en las Islas de Arán

A pocos kilómetros de Doolin (Irlanda), donde embarcaríamos hacia las Aran Islands para pasar el día, detuvimos el coche y admiramos el paisaje. Una torre con aire medieval presidía la escena. Eli y yo contemplamos fascinados aquel lugar perfecto, primordial, donde las frías aguas del Atlántico Norte se perdían hasta el horizonte.

"Sin duda -pensé-, la Ítaca que yo busco debe estar más allá, en esta dirección".

Tomamos el barco, el Tranquility, un curioso nombre para aquel cascarón de nuez que no paraba de zarandearse y marearnos con el oleaje. Navegamos por aguas de delfines y dejamos atrás las islas de Inisheer e Inishmaan, y llegamos a nuestro destino, la isla más lejana de todas, Inishmore. Y allí, en contra de todo pronóstico, nos quedamos y pasamos la noche. No fue previsto. No fue decidido. Tampoco hubo ninguna circunstancia sobrevenida. Fue, simplemente, porque perdimos el barco...

Y esto fue una gran suerte.

Cuando a las cinco de la tarde (la hora a la que debimos haber embarcado en el Tranquility), la isla se vació de turistas, las calles y caminos de Inishmore quedaron desiertos. Conocimos y recorrimos, incluso a oscuras, la isla, la de verdad. Hablamos con personas encantadoras, deseosas de charlar con los dos extranjeros, y avanzada la noche, disfrutamos de la cerveza y de las canciones y los bailes tradicionales del conjunto irlandés que actuó en uno de los dos únicos pubs que había en toda la isla.

Cuenta una leyenda gaélica que El Creador, hechizado por la belleza de las Aran Islands, ordenó que las estrellas siguieran brillando aquí con el mismo fulgor primigenio que tenían cuando las islas emergieron del mar. Sin embargo, Eli y yo fuimos privados de aquel tesoro: el cielo estaba cubierto y no abrió. Al parecer, según nos dijeron después, las nubes fueron cosa de San Enda, el patrón de la isla; el muy pícaro gasta esta broma a los visitantes que le caen bien, para que tengan que volver otra vez a este paraíso.

Al día siguiente, el Tranquility regresó a buscarnos. Yo maldije que lo hiciera.

miércoles, 29 de junio de 2016

Ceremonia de apertura de lugar, bajo la luz de Sirio

En aquel tiempo, yo no sabía aún quién era Emilio Fiel. Y realmente, no fue hasta después de aquella noche cuando supe de él y de las cosas que está haciendo. Aunque me di perfecta cuenta de que el hombre que ofició aquella fascinante ceremonia tenía que ser alguien muy especial.

Sucedió al poco de iniciarse la primavera de 2009, en un lugar de gran tradición mágica y de veneración a la Diosa Madre ancestral: la aldea de El Rocío (Huelva), famosísima en todo el mundo por su Virgen y su romería en Pentecostés. Todavía me pregunto si fue o no una casualidad el que aquella noche, una hora antes, Eli y yo, al más puro estilo romero (aunque no fuera la fecha), nos hubiésemos bautizado el uno al otro en las aguas del sagrado río Quema...

Emilio Fiel y los Danzantes Concheros de Hispania se encontraban en una plaza de la aldea, y él presidía una impactante ceremonia de apertura de lugar, bajo la luz de Sirio, estrella a la que invocó, y que imperaba en el cielo sobre nuestras cabezas. Los Concheros tocaban sus conchas, esa especie de guitarra hecha con el caparazón de una tortuga, aunque no danzaron.

En un momento del magnético ritual, los asistentes fueron ahumados. Cuando todos pasaron, Eli, más valiente que yo, pidió recibir también el incienso sagrado y fue cordialmente acogida. Yo, en cambio, prisionero de mis inseguridades, no me atreví a pedirlo, a pesar de que estaba hipnotizado por la convergencia de fuerzas que allí se manifestaba.

Como tantas otras veces, lamento haber perdido la ocasión.

Ahora que ya todo es distinto, que yo soy distinto, tal vez el destino me dé una segunda oportunidad.

lunes, 20 de junio de 2016

Náufrago

Náufrago en la vida, solitario y perdido, soy prisionero en mi isla. Cada día, me acerco a la playa y busco en el horizonte.

Por algún oculto designio, la marea va trayendo exactamente lo que tiene que traer en cada momento. Igual trae lo que da la vida, igual trae lo que la quita.

Un día, cuando ya no lo esperaba, la marea trajo a mi vida el amor de una mujer.

Desde entonces, no me importa nada.

domingo, 19 de junio de 2016

El espectro del Mausoleo de Adriano

Roma es una ciudad húmeda y calurosa en verano. El placer de pasear por la Ciudad Eterna entre finales de julio y principios de agosto exigía pagar el severo tributo de la canícula. Y aun estando acostumbrado a los rigores de Sevilla, el calor de Roma era exasperante. Por eso me sorprendió tanto la ausencia de aparatos de aire acondicionado en casi todos los bares y restaurantes de Roma. Pero en una ciudad como ésa, hasta esta sorprendente carencia forma parte de sus ilimitados encantos.

- Aun así, Eli –dije-, reconozco que hace veinte años hubiese disfrutado mucho más de este viaje. Entonces tenía a Roma totalmente idealizada. Hoy, sin embargo, aunque reconozco que es desbordante, prefiero las maravillas de la Madre Naturaleza, de Gaia, a las bellezas que son fruto de la mano del hombre.

Dejé de hablar para tomar aire –caliente- y recuperar el resuello mientras seguía andando.

- Aunque tengo que admitir –continué- que, cuando se trata de ruinas como los foros o el Coliseo, a pesar de que abruma lo colosales que son, transmiten un extraño sabor a decadencia.

Eli, exhausta, me sonrió sin pronunciar palabra. Caminaba sin aliento. A lo mejor era yo quien la tenía abrumada a ella con mis tonterías. En cualquier caso, había que guardar las pocas energías que nos quedaban para recorrer la corta avenida que va desde el Vaticano hasta el Castel Sant´Angelo. Y no nos habían exagerado, se trataba de un paseo breve; el único problema consistía en hacerlo a las doce y cuarto del mediodía, a 37 grados de húmedo calor.

Transcurridos unos minutos, detrás de los árboles apareció el lateral del otrora Mausoleo de Adriano, hoy Castel Sant´Angelo. Majestuoso. Tremendo. Excesivo, como todo en Roma. Y a pesar de mis palabras (y como prueba, una vez más, de mi estupidez), me emocioné al sentir que yo estaba allí, en aquel lugar soñado tantas y tantas veces.

Aquel edificio hablaba del pasado. Un pasado de gloria egolátrica, tan frecuente en el Imperio Romano. Un pasado de ambiciones y guerras sangrientas, como cuando los Papas, en situaciones de peligro, escapaban a obtener refugio y seguridad en el Castel Sant´Angelo. Intenté imaginar alguna situación de aquellos tiempos papales, pero mis gustos me traicionaron y mi mente dejó la época del Castel y se fue a la del Mausoleo. Los que gustamos de senderos y castillos nos decantamos en seguida por las épocas más remotas, con gloria o sin ella, pero primordiales. Sí, indudablemente, prefiero el Mausoleo de Adriano al Castel Sant´Angelo. ¡Pero a ver cómo se distinguía ahora el uno del otro, si estaban fundidos entre sí, como dos vinos que se vierten en un mismo tonel!

Y sin embargo, fue fácil: bastó con entrar en su interior y empezar a recorrer las primeras galerías, avanzando por la rampa elicoidale. Yo me sentía en el Mausoleo, no en el Castel. Aquel largo pasadizo oscuro, y algo más fresco que el tórrido exterior, empezó a encantarme; y a Eli también. Continuamos avanzando.

A pesar de la invasión de hordas de turistas (nosotros éramos una simple horda de dos), aun con el punto de fuga del runrún de las conversaciones de los curiosos y agotados visitantes, incluso así, el lóbrego carácter de aquel lugar, indudablemente Mausoleo y no Castel, empezaba a impregnarnos. Hasta una paloma agazapada sobre un foco de luz en una esquina abovedada formaba parte del ánima sobrecogedora de aquel lugar. Pero lo más impresionante todavía estaba por llegar. Y no me refiero, precisamente, a las extraordinarias vistas de Roma con que el Castel Sant´Angelo nos obsequiaría un buen rato después, cuando llegáramos a lo más alto, sino a aquello que estaba a punto de sucederme.

Las galerías dejaron de ser curvas y se tornaron rectas. El itinerario se hacía sobre una estructura metálica central, levantada sobre el pavimento. De repente, accedimos a una estancia diferente, especial. Las paredes eran amarillentas por la iluminación y la estructura metálica, con barandas, ahora se elevaba a cierta altura sobre el nivel del suelo: habíamos llegado al sanctasanctórum del Mausoleo.

Era la cámara sepulcral de Adriano. Adriano, sucesor de Trajano e hispano como él, de Itálica, muy cerca de Sevilla. Me resultaba chocante pensar que el hombre que estuvo allí enterrado vio en su infancia la misma campiña que veo yo en mi tierra.

Adriano perteneció a la dinastía de los Antoninos, el siglo de oro del Imperio Romano (el siglo II d.C.). Llevó los límites del Imperio más lejos aún que Trajano. Fue, además de un gran emperador, un enamorado de la belleza y del mundo griego.

En la pared, sobre el fondo de un cegado arco de medio punto, había una inscripción.

- ¿Sabes, Eli? Cuenta la historia que Adriano tuvo un gran amor en su vida.

- Bueno -respondió ella-, supongo que a Adriano no le faltarían candidatas, ¿no?

- No, desde luego. Incluidas las esposas de sus fieles cortesanos. Sin embargo, su gran amor fue un joven, un adolescente bitinio. Se llamaba Antínoo y cuenta la historia que era de una belleza extraordinaria.

- Vaya. ¿Y fueron felices?

- Quién sabe.

- ¿Por qué? ¿Qué pasó?

- En un viaje que hicieron, Antínoo se arrojó al Nilo.

- ¡Se suicidó! ¿Por qué hizo una cosa así?

- Pues resulta difícil saberlo. La versión oficial dijo que se suicidó por amor a su emperador.

- ¿Por amor? Sería, más bien, por desamor.

- No, no, por amor. Al parecer, se dijo que Antínoo había consultado a un mago y que éste le había dicho que si Antínoo ofrecía en sacrificio su vida, Adriano viviría más tiempo del que el destino le tenía deparado.

- ¡Ya estamos! ¡Otro con el tiempo! Me recuerda a tu dichosa busca de la Fuente de la Edad. ¿Y por qué dices que ésa es la versión oficial? ¿Qué se decía por los mentideros romanos?

- Pues... Bueno, se dijeron otras cosas.

- ¿Qué? Déjate de misterios y cuéntalo ya.

- Las malas lenguas dijeron que Antínoo fue víctima de su propia belleza. Sufrió la persecución del viejo verde de Adriano y, cuando Antínoo comprendió que ya no iba a poder escapar de sus deseos libidinosos, prefirió suicidarse antes que caer, literalmente, en sus manos.

- ¡Oohh!

- Bueno, ten en cuenta que Adriano tuvo muchos enemigos que hicieron lo imposible por difamar su imagen. A saber si esto es cierto o no. De todas formas, hay otra versión más romántica, aunque muy amarga también.

- Pues creo que voy a preferir ésa. Cuéntamela.

- La explica Marguerite Yourcenar en su novela “Memorias de Adriano”. Dice que entre ambos, Adriano y Antínoo, existía una intensa pasión y un profundísimo amor.

- Esto ya me va gustando más.

- Sin embargo, Adriano era un amante un poco cruel. Antínoo empezó a sufrir las humillaciones y los desprecios a los que le sometía el caprichoso emperador. Eran pequeñas (y no tan pequeñas) sevicias de amante sádico, a menudo delante de todo el mundo; y sin faltar tampoco el frío estilete de los celos.

- ¡No me lo puedo creer! ¿No amaba tanto a Antínoo?

- Antínoo no pudo soportarlo más y decidió vengarse de la forma más despiadada que supo: quitándose la vida. La versión oficial dijo lo que ya te he contado, pero Antínoo sabía que Adriano entendería el verdadero motivo de su muerte: privarle de él y hacerle sentir culpable por el resto de sus días. Y desde luego, lo consiguió.

- Cuánto odio. Eso no es amor. Ni por parte de Antínoo, ni por parte de Adriano, desde luego.

- Al parecer, Adriano quedó sumido en una profundísima melancolía y jamás fue capaz de superar aquel dolor. Elevó a Antínoo oficialmente a la categoría de dios y fundó una ciudad consagrada a él: Antinópolis.

- ¿Y no hubiera sido más fácil haberle amado normalmente, sin más? ¿Qué clase de amor es ése, que se divierte en causar dolor a quien, supuestamente, ama?

Yo no tenía respuesta para esa pregunta. En realidad, no tengo respuesta para casi ninguna pregunta de ese estilo. ¿Qué demonios habrá en el corazón de cada hombre y de cada mujer? ¡Ya cuesta trabajo reconocer lo que tiene uno en el suyo! A saber -pensé- lo que me hubiera dicho Adriano si me hubiera escuchado...

Nos habíamos quedado los dos en silencio. Sin darme cuenta, me encontré embobado mirando a la inscripción de la pared.

- ¿Qué es eso? –preguntó Eli-.

Empecé a leerla a media voz.

Animula vagula blandula
hospes comesque corporis
quae nunc abibis in loca
pallidula rigida nudula
nec ut soles dabis iocos.

- Son unos versos en latín. Adriano también era poeta. Cuando estaba próximo a morir, ya gravemente enfermo y sabiendo que le quedaba poco tiempo, escribió ese poema. Adriano está hablando a su alma.

Eli consultó en su teléfono a San Google, siempre tan socorrido:

- Adriano murió... en el 138 d.C, con 62 años de edad. ¿Murió al poco tiempo de que Antínoo se arrojara al Nilo?

- No. Adriano tuvo casi ocho años para llorar su pérdida (yo había consultado a San Google antes de salir de España).

- Ocho años de venganza... ¿Y qué significan esos versos? A ver...

Nuevamente, Eli convenció a San Google para que hiciera el milagro:

- Pues... es difícil de traducir. Podría ser algo así como:

“Pequeña alma, vagabunda, blanda,
huésped y compañera del cuerpo,
¿a qué lugares te retirarás ahora,
pálida, rígida, desnuda,
para no darme ya las bromas que solías?"

Aquellas melancólicas palabras se habían depositado plúmbeas sobre el aire de la cámara. Quedamos los dos en silencio, mirando la inscripción, apoyados en la baranda. Eli, meditabunda, siguió caminando hacia la sala siguiente. Yo permanecí aún un poco más, leyendo en voz baja el poema.

Animula vagula blandula...

No reparé en que el calor había desaparecido por completo.

Hospes comesque corporis...

Tampoco reparé en que el bullicio sordo que impregnaba el fondo del ambiente había desaparecido.

Quae nunc abibis in loca...

Quae nunc abibis in loca...

Estaba tan absorto en los versos que no advertí que alguien estaba pronunciándolos, casi simultáneamente, a mi lado.

Pallidula rigida nudula...

Pallidula rigida nudula...

Ahora sí. Ahora me había fijado. Había alguien a mi lado recitando el poema. Me parecía un acento extranjero, pero algo distinto al de los italianos. Sin embargo, su pronunciación era agradable de escuchar. Transmitía algo, sumamente bello y triste a la par. Esta vez me quedé callado y sólo habló él.

Nec ut soles dabis iocos.

Temiendo lo peor, me di la vuelta y le miré, y en efecto, allí estaba, con la mirada fija en la lápida de los versos. Era un hombre mayor, alto y corpulento, vestido con una túnica blanca; tan blanca y semitranslúcida como lo era su propia piel; tanto, que a su través se podían ver los detalles del muro que había detrás. Tenía barba rizada, al antiguo modo helénico. Yo estaba petrificado y con las pupilas muy abiertas. La figura, lentamente, se dio la vuelta hacia mí, me miró a los ojos y me dijo con voz pausada y profunda:

- La eternidad es larga y desoladora. Hay demasiado tiempo para reflexionar y para atormentarse por los errores cometidos durante el breve paso por la vida.

No pude articular palabra. El espectro volvió a hablar.

- Daría la inmortalidad de mi alma a cambio de recuperar, por un solo instante, el amor de Antínoo.

Yo estaba aterrorizado. Un grito subió desde mi pecho y quedó ahogado en mi garganta. Sentí una mano en mi hombro, pegué un respingo y un sudor frío me invadió. De repente, fui consciente otra vez del bullicio de fondo y del calor que hacía en la cámara. Me di la vuelta y descubrí la cara preocupada de Eli y su mano cálida sobre mi hombro.

- ¿Qué haces aquí todavía, José María? Me tenías intranquila. Creí que venías detrás de mí.

Me giré rápidamente hacia la figura semitranslúcida, pero había desaparecido. Tardé algo en reaccionar. Las palabras volvieron a mi garganta. Con dificultad, le contesté.

- Nada... Estaba pensando...

Eli me miró con extrañeza.

- ¿Pensando qué?

- Pensaba... en lo complicados que somos los seres humanos... Para algunas personas es más difícil amar al ser amado que gobernar el imperio más grande de todos los tiempos...

domingo, 5 de junio de 2016

El Callejón de las Brujas

Todos tenemos la suerte de conocer en la vida a alguna persona extraordinaria. Yo conozco a Alanna. Alanna es una mujer atractiva, más o menos de mi edad, con una aguda perspicacia para leer en los corazones. Lleva una vida corriente, como todos, inmersa en su ciudad (la mía), su época y su mundo. Sin embargo, tiene algunos dones que la hacen especial; eso la ha llevado por derroteros especiales.

Alanna practica la magia Wicca.

Una fría noche de domingo, me llamó por teléfono.

- José María, necesito que me acompañes a un sitio.
- ¿Adónde?
- Yo te guiaré.
- ¿Ocurre algo, Alanna?
- No, tranquilo. Confía en mí.

La recogí con el coche. Daba la impresión de que no sabía muy bien hacia dónde íbamos, pero me guiaba con seguridad y, algo después, nos encontrábamos en carretera. Nos dirigíamos en dirección al noroeste, hacia la Sierra de Aracena. Conforme avanzábamos, Alanna daba más muestras de seguridad. Cuando llevábamos hora y media de camino, Alanna se alteró un poco:

- ¡Aquí, José María, es por aquí!

Nos desviamos de la carretera principal y, unos minutos más tarde, entrábamos en un precioso pueblo: Castaño del Robledo. Era un pueblo pequeño y, a aquellas horas de la noche del domingo, absolutamente solitario. Aparcamos junto a una enorme y fantasmal iglesia inacabada, del siglo XVIII. El macizo edificio no tenía ni vida ni destino. Estaba allí, como un monumento inmenso a lo que pudo ser y no fue. Pero las macilentas y anaranjadas luces que lo iluminaban permitían ver que albergaba vida: en un pequeño hueco en cuadrado que tenía la fachada a medio terminar, podía verse una paloma acurrucada en la fría noche. ¡Aquel lóbrego edificio, tan inerte y, a la par, convertido en refugio de la vida! Una hermosa paradoja para una noche tan cruda.

Comenzamos a caminar, sin saber exactamente hacia dónde íbamos. Alanna parecía abstraída.

- ¿Sabes, José María? Cuando no entendemos a alguien, lo excluimos. Cuando alguien no piensa igual que nosotros, o es diferente, o nosotros lo vemos como diferente, lo expulsamos. Y a veces, hasta lo matamos.

La miré con extrañeza, pero no dije nada. Continuamos caminando por las empedradas calles estrechas del pueblo y llegamos hasta la Iglesia de Santiago. Estaba cerrada y la rodeamos. Alanna siguió hablando.

- A los seres humanos no les suele gustar que alguien se salga del rebaño. En mi caso, hay personas que no entienden que practique la Wicca, a pesar de que es la creencia más espiritual que existe y una forma perfecta de comprender la naturaleza y los divinos principios masculino y femenino. Todavía muchos piensan que la magia es mala, porque creen que toda magia es Magia Negra. Y no es más que miedo e inseguridad lo que les impide acercarse a conocimientos tan ancestrales y tan pacíficos como los que yo practico.

Al final de la fachada de la iglesia aparecía la Plaza del Álamo. Delante, una anticuada cabina telefónica. Por la izquierda, desembocaba un siniestro callejón.

- En otros tiempos, querido José María, era mucho peor. El que no creía en lo que todos creían, si tenía el valor de decirlo, lo pasaba mal. Muy mal. Podía morir por ese motivo.

Y en ese momento alcanzamos el tétrico callejón que subía por la izquierda y vimos su nombre. Nos quedamos petrificados: “Callejón de las Brujas”.

- Alanna, ¿es aquí donde venimos?

Alanna no articuló palabra alguna. Estaba como ensimismada, asustada, en guardia. Era un callejón pequeño y frío, extremadamente frío, cuyos escalones descendían haciendo una curva a la derecha, por lo que no se veía su final. Comenzó a bajar las escaleras. Yo me quedé arriba, observándola, entre perplejo y confundido. Alanna se detuvo y se volvió hacia mí.

- ¿Te das cuenta, José María? El Callejón de las Brujas termina en la Iglesia de Santiago. Termina en suelo sagrado... En este lugar... ¡Dios mío, cuánto sufrimiento hay en este lugar...!

Su rostro estaba estremecido. Sus ojos brillaban y algunas lágrimas corrían por sus mejillas. Una tristeza infinita se había apoderado de ella. De repente, como si acabara de descubrir algo, se sobresaltó y me gritó:

- ¡José María! ¡Deprisa, ven a mi lado!

Yo estaba atónito. No acerté a moverme. Un viento gélido y salvaje se levantó de pronto.

- ¡Rápido! ¡Ven aquí!

Bajé corriendo los escalones. Casi la arrollé cuando llegué hasta ella. Inmediatamente, señaló con su índice hacia el suelo y trazó un círculo invisible que nos envolvió a los dos. El viento arreció y se volvió aún más salvaje y su bramar no dejaba sitio a ningún otro sonido. El frío y el miedo se habían apoderado de mí. Y en ese momento, sucedió algo extraordinario. De las fachadas y del suelo, por todas partes, comenzaron a surgir sombras. Sombras negras de espectros con expresiones de dolor y de pánico. Sombras deformes que yo sentía que eran de seres humanos.

Alanna estaba también aterrorizada. Pero se sobrepuso. Empezó a mirar valientemente hacia las sombras que nos rodeaban amenazantes, intentando atravesar el círculo. Yo empecé a temer que nuestra protección mágica cediera y quedásemos a su merced. Pero Alanna alzó los brazos y exclamó:

- ¡En el nombre de la Diosa! ¡Yo os ordeno que abandonéis la Oscuridad y volváis a la Luz! ¡Y descansad! ¡Descansad! ¡Descansad...!

El viento seguía arreciando. Alanna continuaba repitiendo su invocación. Las sombras corrían de un lado a otro, sin poder atravesar el círculo. De repente, tras una última invocación, como si las hubiera amansado, las sombras dejaron de acosarnos, se detuvieron y se dirigieron callejón arriba; y, en lugar de regresar a las tinieblas de las que provenían, se filtraron por los muros de la iglesia y entraron en el recinto sagrado, desapareciendo. El viento cesó y la paz volvió a reinar en el Callejón. En medio del silencio, nos dejamos caer exhaustos sobre los escalones. Cuando Alanna recobró el aliento, sin dar ninguna explicación me dijo:

- Vámonos, José María. Ya hemos terminado aquí.

A la semana siguiente, regresé a Castaño del Robledo, en busca de respuestas. Ahora era de día y el tiempo era magnífico. Lo que otrora era un pueblo frío y fantasmal se había convertido en un lugar luminoso y lleno de gente por todas partes. Recorrí el mismo camino que había seguido una semana antes con Alanna y llegué hasta el Callejón de las Brujas.

Pregunté a algunos del pueblo por qué aquel callejón se llamaba así. Todos me dieron la misma explicación: en una de las casas, hoy con el techo hundido y en ruinas, en otro tiempo había vivido una bruja; de ahí el nombre.

Esa explicación no me satisfizo. Después de preguntar a varias personas más, en una última intentona, pregunté a un señor muy muy mayor que paseaba lentamente con su bastón, a la altura del callejón, junto a la iglesia. Pensé que, al ser tan mayor, seguramente conocería una explicación más antigua y más exacta. Pero me repitió la misma historia otra vez. Le repliqué, diciendo que eso no me parecía más que una leyenda y que la realidad debía ser otra. El señor mayor me dijo con aire socarrón:

- Hace bien en dudar, amigo. No se crea todo lo que le cuenten. Observe con los ojos del corazón, no con los del pensamiento. Así no se equivocará nunca.

El hombre se alejó lentamente hacia la Plaza del Álamo, perdiéndose entre el alegre bullicio de la gente, en una radiante mañana, cargada de promesas y de futuro.

sábado, 16 de enero de 2016

La languidez de la juventud

"La languidez de la juventud, única y quintaesenciada... ¡Qué pronto se pierde para siempre! Todos los demás atributos tradicionales de la juventud: el entusiasmo, los afectos generosos, las ilusiones, la desesperación -todos menos ése-, aparecen y desaparecen a lo largo de la vida. Forman parte de la vida misma. Pero la languidez, la relajación de los músculos todavía no agotados, la mente que busca la soledad y se entrega a la introspección, sólo pertenecen a la juventud y con ella mueren. Es posible que en las mansiones del Limbo los héroes disfruten compensaciones semejantes por haber perdido la Visión Beatífica; también es posible que dicha Visión tenga cierta afinidad remota con esa experiencia terrenal. Yo, por mi parte, creí estar muy cerca del Paraíso durante aquellos lánguidos días que pasé en Brideshead".
(EVELYN WAUGH: Retorno a Brideshead)

Yo no pude vivir la languidez de la juventud. Sin embargo, ahora que no soy joven y que no sé qué me deparará el destino, he decidido que voy a relajar mis horas hasta que también crea estar muy cerca del Paraíso, como el joven Charles Ryder durante aquellos lánguidos días en Brideshead.