domingo, 5 de junio de 2016

El Callejón de las Brujas

Todos tenemos la suerte de conocer en la vida a alguna persona extraordinaria. Yo conozco a Alanna. Alanna es una mujer atractiva, más o menos de mi edad, con una aguda perspicacia para leer en los corazones. Lleva una vida corriente, como todos, inmersa en su ciudad (la mía), su época y su mundo. Sin embargo, tiene algunos dones que la hacen especial; eso la ha llevado por derroteros especiales.

Alanna practica la magia Wicca.

Una fría noche de domingo, me llamó por teléfono.

- José María, necesito que me acompañes a un sitio.
- ¿Adónde?
- Yo te guiaré.
- ¿Ocurre algo, Alanna?
- No, tranquilo. Confía en mí.

La recogí con el coche. Daba la impresión de que no sabía muy bien hacia dónde íbamos, pero me guiaba con seguridad y, algo después, nos encontrábamos en carretera. Nos dirigíamos en dirección al noroeste, hacia la Sierra de Aracena. Conforme avanzábamos, Alanna daba más muestras de seguridad. Cuando llevábamos hora y media de camino, Alanna se alteró un poco:

- ¡Aquí, José María, es por aquí!

Nos desviamos de la carretera principal y, unos minutos más tarde, entrábamos en un precioso pueblo: Castaño del Robledo. Era un pueblo pequeño y, a aquellas horas de la noche del domingo, absolutamente solitario. Aparcamos junto a una enorme y fantasmal iglesia inacabada, del siglo XVIII. El macizo edificio no tenía ni vida ni destino. Estaba allí, como un monumento inmenso a lo que pudo ser y no fue. Pero las macilentas y anaranjadas luces que lo iluminaban permitían ver que albergaba vida: en un pequeño hueco en cuadrado que tenía la fachada a medio terminar, podía verse una paloma acurrucada en la fría noche. ¡Aquel lóbrego edificio, tan inerte y, a la par, convertido en refugio de la vida! Una hermosa paradoja para una noche tan cruda.

Comenzamos a caminar, sin saber exactamente hacia dónde íbamos. Alanna parecía abstraída.

- ¿Sabes, José María? Cuando no entendemos a alguien, lo excluimos. Cuando alguien no piensa igual que nosotros, o es diferente, o nosotros lo vemos como diferente, lo expulsamos. Y a veces, hasta lo matamos.

La miré con extrañeza, pero no dije nada. Continuamos caminando por las empedradas calles estrechas del pueblo y llegamos hasta la Iglesia de Santiago. Estaba cerrada y la rodeamos. Alanna siguió hablando.

- A los seres humanos no les suele gustar que alguien se salga del rebaño. En mi caso, hay personas que no entienden que practique la Wicca, a pesar de que es la creencia más espiritual que existe y una forma perfecta de comprender la naturaleza y los divinos principios masculino y femenino. Todavía muchos piensan que la magia es mala, porque creen que toda magia es Magia Negra. Y no es más que miedo e inseguridad lo que les impide acercarse a conocimientos tan ancestrales y tan pacíficos como los que yo practico.

Al final de la fachada de la iglesia aparecía la Plaza del Álamo. Delante, una anticuada cabina telefónica. Por la izquierda, desembocaba un siniestro callejón.

- En otros tiempos, querido José María, era mucho peor. El que no creía en lo que todos creían, si tenía el valor de decirlo, lo pasaba mal. Muy mal. Podía morir por ese motivo.

Y en ese momento alcanzamos el tétrico callejón que subía por la izquierda y vimos su nombre. Nos quedamos petrificados: “Callejón de las Brujas”.

- Alanna, ¿es aquí donde venimos?

Alanna no articuló palabra alguna. Estaba como ensimismada, asustada, en guardia. Era un callejón pequeño y frío, extremadamente frío, cuyos escalones descendían haciendo una curva a la derecha, por lo que no se veía su final. Comenzó a bajar las escaleras. Yo me quedé arriba, observándola, entre perplejo y confundido. Alanna se detuvo y se volvió hacia mí.

- ¿Te das cuenta, José María? El Callejón de las Brujas termina en la Iglesia de Santiago. Termina en suelo sagrado... En este lugar... ¡Dios mío, cuánto sufrimiento hay en este lugar...!

Su rostro estaba estremecido. Sus ojos brillaban y algunas lágrimas corrían por sus mejillas. Una tristeza infinita se había apoderado de ella. De repente, como si acabara de descubrir algo, se sobresaltó y me gritó:

- ¡José María! ¡Deprisa, ven a mi lado!

Yo estaba atónito. No acerté a moverme. Un viento gélido y salvaje se levantó de pronto.

- ¡Rápido! ¡Ven aquí!

Bajé corriendo los escalones. Casi la arrollé cuando llegué hasta ella. Inmediatamente, señaló con su índice hacia el suelo y trazó un círculo invisible que nos envolvió a los dos. El viento arreció y se volvió aún más salvaje y su bramar no dejaba sitio a ningún otro sonido. El frío y el miedo se habían apoderado de mí. Y en ese momento, sucedió algo extraordinario. De las fachadas y del suelo, por todas partes, comenzaron a surgir sombras. Sombras negras de espectros con expresiones de dolor y de pánico. Sombras deformes que yo sentía que eran de seres humanos.

Alanna estaba también aterrorizada. Pero se sobrepuso. Empezó a mirar valientemente hacia las sombras que nos rodeaban amenazantes, intentando atravesar el círculo. Yo empecé a temer que nuestra protección mágica cediera y quedásemos a su merced. Pero Alanna alzó los brazos y exclamó:

- ¡En el nombre de la Diosa! ¡Yo os ordeno que abandonéis la Oscuridad y volváis a la Luz! ¡Y descansad! ¡Descansad! ¡Descansad...!

El viento seguía arreciando. Alanna continuaba repitiendo su invocación. Las sombras corrían de un lado a otro, sin poder atravesar el círculo. De repente, tras una última invocación, como si las hubiera amansado, las sombras dejaron de acosarnos, se detuvieron y se dirigieron callejón arriba; y, en lugar de regresar a las tinieblas de las que provenían, se filtraron por los muros de la iglesia y entraron en el recinto sagrado, desapareciendo. El viento cesó y la paz volvió a reinar en el Callejón. En medio del silencio, nos dejamos caer exhaustos sobre los escalones. Cuando Alanna recobró el aliento, sin dar ninguna explicación me dijo:

- Vámonos, José María. Ya hemos terminado aquí.

A la semana siguiente, regresé a Castaño del Robledo, en busca de respuestas. Ahora era de día y el tiempo era magnífico. Lo que otrora era un pueblo frío y fantasmal se había convertido en un lugar luminoso y lleno de gente por todas partes. Recorrí el mismo camino que había seguido una semana antes con Alanna y llegué hasta el Callejón de las Brujas.

Pregunté a algunos del pueblo por qué aquel callejón se llamaba así. Todos me dieron la misma explicación: en una de las casas, hoy con el techo hundido y en ruinas, en otro tiempo había vivido una bruja; de ahí el nombre.

Esa explicación no me satisfizo. Después de preguntar a varias personas más, en una última intentona, pregunté a un señor muy muy mayor que paseaba lentamente con su bastón, a la altura del callejón, junto a la iglesia. Pensé que, al ser tan mayor, seguramente conocería una explicación más antigua y más exacta. Pero me repitió la misma historia otra vez. Le repliqué, diciendo que eso no me parecía más que una leyenda y que la realidad debía ser otra. El señor mayor me dijo con aire socarrón:

- Hace bien en dudar, amigo. No se crea todo lo que le cuenten. Observe con los ojos del corazón, no con los del pensamiento. Así no se equivocará nunca.

El hombre se alejó lentamente hacia la Plaza del Álamo, perdiéndose entre el alegre bullicio de la gente, en una radiante mañana, cargada de promesas y de futuro.