domingo, 19 de junio de 2016

El espectro del Mausoleo de Adriano

Roma es una ciudad húmeda y calurosa en verano. El placer de pasear por la Ciudad Eterna entre finales de julio y principios de agosto exigía pagar el severo tributo de la canícula. Y aun estando acostumbrado a los rigores de Sevilla, el calor de Roma era exasperante. Por eso me sorprendió tanto la ausencia de aparatos de aire acondicionado en casi todos los bares y restaurantes de Roma. Pero en una ciudad como ésa, hasta esta sorprendente carencia forma parte de sus ilimitados encantos.

- Aun así, Eli –dije-, reconozco que hace veinte años hubiese disfrutado mucho más de este viaje. Entonces tenía a Roma totalmente idealizada. Hoy, sin embargo, aunque reconozco que es desbordante, prefiero las maravillas de la Madre Naturaleza, de Gaia, a las bellezas que son fruto de la mano del hombre.

Dejé de hablar para tomar aire –caliente- y recuperar el resuello mientras seguía andando.

- Aunque tengo que admitir –continué- que, cuando se trata de ruinas como los foros o el Coliseo, a pesar de que abruma lo colosales que son, transmiten un extraño sabor a decadencia.

Eli, exhausta, me sonrió sin pronunciar palabra. Caminaba sin aliento. A lo mejor era yo quien la tenía abrumada a ella con mis tonterías. En cualquier caso, había que guardar las pocas energías que nos quedaban para recorrer la corta avenida que va desde el Vaticano hasta el Castel Sant´Angelo. Y no nos habían exagerado, se trataba de un paseo breve; el único problema consistía en hacerlo a las doce y cuarto del mediodía, a 37 grados de húmedo calor.

Transcurridos unos minutos, detrás de los árboles apareció el lateral del otrora Mausoleo de Adriano, hoy Castel Sant´Angelo. Majestuoso. Tremendo. Excesivo, como todo en Roma. Y a pesar de mis palabras (y como prueba, una vez más, de mi estupidez), me emocioné al sentir que yo estaba allí, en aquel lugar soñado tantas y tantas veces.

Aquel edificio hablaba del pasado. Un pasado de gloria egolátrica, tan frecuente en el Imperio Romano. Un pasado de ambiciones y guerras sangrientas, como cuando los Papas, en situaciones de peligro, escapaban a obtener refugio y seguridad en el Castel Sant´Angelo. Intenté imaginar alguna situación de aquellos tiempos papales, pero mis gustos me traicionaron y mi mente dejó la época del Castel y se fue a la del Mausoleo. Los que gustamos de senderos y castillos nos decantamos en seguida por las épocas más remotas, con gloria o sin ella, pero primordiales. Sí, indudablemente, prefiero el Mausoleo de Adriano al Castel Sant´Angelo. ¡Pero a ver cómo se distinguía ahora el uno del otro, si estaban fundidos entre sí, como dos vinos que se vierten en un mismo tonel!

Y sin embargo, fue fácil: bastó con entrar en su interior y empezar a recorrer las primeras galerías, avanzando por la rampa elicoidale. Yo me sentía en el Mausoleo, no en el Castel. Aquel largo pasadizo oscuro, y algo más fresco que el tórrido exterior, empezó a encantarme; y a Eli también. Continuamos avanzando.

A pesar de la invasión de hordas de turistas (nosotros éramos una simple horda de dos), aun con el punto de fuga del runrún de las conversaciones de los curiosos y agotados visitantes, incluso así, el lóbrego carácter de aquel lugar, indudablemente Mausoleo y no Castel, empezaba a impregnarnos. Hasta una paloma agazapada sobre un foco de luz en una esquina abovedada formaba parte del ánima sobrecogedora de aquel lugar. Pero lo más impresionante todavía estaba por llegar. Y no me refiero, precisamente, a las extraordinarias vistas de Roma con que el Castel Sant´Angelo nos obsequiaría un buen rato después, cuando llegáramos a lo más alto, sino a aquello que estaba a punto de sucederme.

Las galerías dejaron de ser curvas y se tornaron rectas. El itinerario se hacía sobre una estructura metálica central, levantada sobre el pavimento. De repente, accedimos a una estancia diferente, especial. Las paredes eran amarillentas por la iluminación y la estructura metálica, con barandas, ahora se elevaba a cierta altura sobre el nivel del suelo: habíamos llegado al sanctasanctórum del Mausoleo.

Era la cámara sepulcral de Adriano. Adriano, sucesor de Trajano e hispano como él, de Itálica, muy cerca de Sevilla. Me resultaba chocante pensar que el hombre que estuvo allí enterrado vio en su infancia la misma campiña que veo yo en mi tierra.

Adriano perteneció a la dinastía de los Antoninos, el siglo de oro del Imperio Romano (el siglo II d.C.). Llevó los límites del Imperio más lejos aún que Trajano. Fue, además de un gran emperador, un enamorado de la belleza y del mundo griego.

En la pared, sobre el fondo de un cegado arco de medio punto, había una inscripción.

- ¿Sabes, Eli? Cuenta la historia que Adriano tuvo un gran amor en su vida.

- Bueno -respondió ella-, supongo que a Adriano no le faltarían candidatas, ¿no?

- No, desde luego. Incluidas las esposas de sus fieles cortesanos. Sin embargo, su gran amor fue un joven, un adolescente bitinio. Se llamaba Antínoo y cuenta la historia que era de una belleza extraordinaria.

- Vaya. ¿Y fueron felices?

- Quién sabe.

- ¿Por qué? ¿Qué pasó?

- En un viaje que hicieron, Antínoo se arrojó al Nilo.

- ¡Se suicidó! ¿Por qué hizo una cosa así?

- Pues resulta difícil saberlo. La versión oficial dijo que se suicidó por amor a su emperador.

- ¿Por amor? Sería, más bien, por desamor.

- No, no, por amor. Al parecer, se dijo que Antínoo había consultado a un mago y que éste le había dicho que si Antínoo ofrecía en sacrificio su vida, Adriano viviría más tiempo del que el destino le tenía deparado.

- ¡Ya estamos! ¡Otro con el tiempo! Me recuerda a tu dichosa busca de la Fuente de la Edad. ¿Y por qué dices que ésa es la versión oficial? ¿Qué se decía por los mentideros romanos?

- Pues... Bueno, se dijeron otras cosas.

- ¿Qué? Déjate de misterios y cuéntalo ya.

- Las malas lenguas dijeron que Antínoo fue víctima de su propia belleza. Sufrió la persecución del viejo verde de Adriano y, cuando Antínoo comprendió que ya no iba a poder escapar de sus deseos libidinosos, prefirió suicidarse antes que caer, literalmente, en sus manos.

- ¡Oohh!

- Bueno, ten en cuenta que Adriano tuvo muchos enemigos que hicieron lo imposible por difamar su imagen. A saber si esto es cierto o no. De todas formas, hay otra versión más romántica, aunque muy amarga también.

- Pues creo que voy a preferir ésa. Cuéntamela.

- La explica Marguerite Yourcenar en su novela “Memorias de Adriano”. Dice que entre ambos, Adriano y Antínoo, existía una intensa pasión y un profundísimo amor.

- Esto ya me va gustando más.

- Sin embargo, Adriano era un amante un poco cruel. Antínoo empezó a sufrir las humillaciones y los desprecios a los que le sometía el caprichoso emperador. Eran pequeñas (y no tan pequeñas) sevicias de amante sádico, a menudo delante de todo el mundo; y sin faltar tampoco el frío estilete de los celos.

- ¡No me lo puedo creer! ¿No amaba tanto a Antínoo?

- Antínoo no pudo soportarlo más y decidió vengarse de la forma más despiadada que supo: quitándose la vida. La versión oficial dijo lo que ya te he contado, pero Antínoo sabía que Adriano entendería el verdadero motivo de su muerte: privarle de él y hacerle sentir culpable por el resto de sus días. Y desde luego, lo consiguió.

- Cuánto odio. Eso no es amor. Ni por parte de Antínoo, ni por parte de Adriano, desde luego.

- Al parecer, Adriano quedó sumido en una profundísima melancolía y jamás fue capaz de superar aquel dolor. Elevó a Antínoo oficialmente a la categoría de dios y fundó una ciudad consagrada a él: Antinópolis.

- ¿Y no hubiera sido más fácil haberle amado normalmente, sin más? ¿Qué clase de amor es ése, que se divierte en causar dolor a quien, supuestamente, ama?

Yo no tenía respuesta para esa pregunta. En realidad, no tengo respuesta para casi ninguna pregunta de ese estilo. ¿Qué demonios habrá en el corazón de cada hombre y de cada mujer? ¡Ya cuesta trabajo reconocer lo que tiene uno en el suyo! A saber -pensé- lo que me hubiera dicho Adriano si me hubiera escuchado...

Nos habíamos quedado los dos en silencio. Sin darme cuenta, me encontré embobado mirando a la inscripción de la pared.

- ¿Qué es eso? –preguntó Eli-.

Empecé a leerla a media voz.

Animula vagula blandula
hospes comesque corporis
quae nunc abibis in loca
pallidula rigida nudula
nec ut soles dabis iocos.

- Son unos versos en latín. Adriano también era poeta. Cuando estaba próximo a morir, ya gravemente enfermo y sabiendo que le quedaba poco tiempo, escribió ese poema. Adriano está hablando a su alma.

Eli consultó en su teléfono a San Google, siempre tan socorrido:

- Adriano murió... en el 138 d.C, con 62 años de edad. ¿Murió al poco tiempo de que Antínoo se arrojara al Nilo?

- No. Adriano tuvo casi ocho años para llorar su pérdida (yo había consultado a San Google antes de salir de España).

- Ocho años de venganza... ¿Y qué significan esos versos? A ver...

Nuevamente, Eli convenció a San Google para que hiciera el milagro:

- Pues... es difícil de traducir. Podría ser algo así como:

“Pequeña alma, vagabunda, blanda,
huésped y compañera del cuerpo,
¿a qué lugares te retirarás ahora,
pálida, rígida, desnuda,
para no darme ya las bromas que solías?"

Aquellas melancólicas palabras se habían depositado plúmbeas sobre el aire de la cámara. Quedamos los dos en silencio, mirando la inscripción, apoyados en la baranda. Eli, meditabunda, siguió caminando hacia la sala siguiente. Yo permanecí aún un poco más, leyendo en voz baja el poema.

Animula vagula blandula...

No reparé en que el calor había desaparecido por completo.

Hospes comesque corporis...

Tampoco reparé en que el bullicio sordo que impregnaba el fondo del ambiente había desaparecido.

Quae nunc abibis in loca...

Quae nunc abibis in loca...

Estaba tan absorto en los versos que no advertí que alguien estaba pronunciándolos, casi simultáneamente, a mi lado.

Pallidula rigida nudula...

Pallidula rigida nudula...

Ahora sí. Ahora me había fijado. Había alguien a mi lado recitando el poema. Me parecía un acento extranjero, pero algo distinto al de los italianos. Sin embargo, su pronunciación era agradable de escuchar. Transmitía algo, sumamente bello y triste a la par. Esta vez me quedé callado y sólo habló él.

Nec ut soles dabis iocos.

Temiendo lo peor, me di la vuelta y le miré, y en efecto, allí estaba, con la mirada fija en la lápida de los versos. Era un hombre mayor, alto y corpulento, vestido con una túnica blanca; tan blanca y semitranslúcida como lo era su propia piel; tanto, que a su través se podían ver los detalles del muro que había detrás. Tenía barba rizada, al antiguo modo helénico. Yo estaba petrificado y con las pupilas muy abiertas. La figura, lentamente, se dio la vuelta hacia mí, me miró a los ojos y me dijo con voz pausada y profunda:

- La eternidad es larga y desoladora. Hay demasiado tiempo para reflexionar y para atormentarse por los errores cometidos durante el breve paso por la vida.

No pude articular palabra. El espectro volvió a hablar.

- Daría la inmortalidad de mi alma a cambio de recuperar, por un solo instante, el amor de Antínoo.

Yo estaba aterrorizado. Un grito subió desde mi pecho y quedó ahogado en mi garganta. Sentí una mano en mi hombro, pegué un respingo y un sudor frío me invadió. De repente, fui consciente otra vez del bullicio de fondo y del calor que hacía en la cámara. Me di la vuelta y descubrí la cara preocupada de Eli y su mano cálida sobre mi hombro.

- ¿Qué haces aquí todavía, José María? Me tenías intranquila. Creí que venías detrás de mí.

Me giré rápidamente hacia la figura semitranslúcida, pero había desaparecido. Tardé algo en reaccionar. Las palabras volvieron a mi garganta. Con dificultad, le contesté.

- Nada... Estaba pensando...

Eli me miró con extrañeza.

- ¿Pensando qué?

- Pensaba... en lo complicados que somos los seres humanos... Para algunas personas es más difícil amar al ser amado que gobernar el imperio más grande de todos los tiempos...