jueves, 29 de septiembre de 2016

El puente romano del Salado

Todos los años, en la época en que los árboles pierden sus hojas y el Sol no tiene fuerza suficiente para mantenerse en lo alto, cuando las tinieblas llenan temprano el cielo y las lluvias y el frío recuerdan al hombre cuán poca cosa es, todos los años, cuando esto sucede, llega la tristeza. No puedo explicar por qué llega ni por qué invade los corazones de los humanos. Lo único que sé es que aparece como un viento frío, cuando menos se la espera, y que los mortales no nos damos cuenta de que ha llegado hasta que la tenemos dentro.

Cuando esto sucede, me gusta ir al puente romano.

Tomé el coche y salí desde Sevilla en dirección a Ronda. A la altura de Montellano, tomé la primera salida de la derecha. Era ya todo un camino hacia la Historia. La carretera A-8128 es una antigua cañada real que atraviesa lugares sobre los que se han posado los ojos de hombres de la más remota antigüedad, pero también los de hombres de Roma y del pasado medieval de la Banda Morisca; lugares que hoy se entregan a un agro pacífico y laborioso, y que ofrecen a quien tenga la curiosidad de ir a verlos unos atardeceres imposibles. El mero hecho de tomar esta carretera me hizo sentir aliviado del peso de una existencia plomiza y absurda. Y el posar mi mirada sobre aquellos horizontes, como tantas generaciones anteriores habrán hecho, me devolvió la calma del que se sabe una simple pieza más del eterno samsara, del que algún día, tal vez, podremos salir.

Después de avanzar unos cinco kilómetros, divisé la Torre de Lopera en lo alto de una loma. Allí aguantaba, como podía, el paso de los siglos. La carretera atravesó el arroyo del Salado, con más historia que moléculas de agua en su seno, e inmediatamente, frente al camino a la Torre, aparqué en un rellano del arcén. Había llegado a mi destino: allí, invisible desde la carretera, se encontraba el viejo puente romano.

El puente sobrevive en un lamentable estado, pero aún permite salvar el arroyo. No tiene ningún cartel que avise de su presencia. No tiene ningún nombre. No tiene ningún lujo: sólo su decadente belleza y la historia que rezuma por todos sus poros.

Lo atravesé andando y, al llegar al otro lado, bajé y me acerqué al hoy exiguo cauce del arroyo del Salado. Vi una piedra que, amablemente, me ofrecía descanso y acepté. Me senté y, en silencio, escuché el murmullo del agua y contemplé la panorámica del puente.

En Los trabajos y los días, Hesíodo explicaba que la historia humana no es sino la crónica de la decadencia. En un principio, hombres y dioses convivieron en una situación bastante parecida: fue la Edad de Oro. A ésta sucedió la Edad de Plata, donde los mortales fuimos viniendo a menos y la Madre Tierra, Gaia, se volvió menos generosa con nosotros. Nuestro descenso ad inferos continuó y llegamos a la Edad de Bronce. Tras ésta, siempre en caída libre, llegó la Edad de los Héroes, la mítica era de Aquiles y Patroclo, Héctor y Paris, y todos los héroes que lucharon en Troya.

Pero no bastó con los héroes: la especie humana siguió cayendo y alcanzó la terrible Edad de Hierro, en la que nos encontramos ahora mismo; una edad esforzada y de servidumbre, azarosa y alejada del espíritu y de la riqueza generosa de Gaia. El mismo arroyo del Salado es paradigma de la Edad de Hierro, pues si bien narran las crónicas del s. XIX que era un arroyo de salvaje cauce e imposible de vadear, lo cierto es que hoy puede sortearse con un simple salto.

Hesíodo profetizaba que aún había de llegar una Edad peor que la de Hierro, pero no quiero imaginar siquiera cómo será.

Enzarzado en estos pensamientos, regresé a mi tristeza interior. De tanta melancolía, me sentí tan cargado de años como el vetusto puente romano y consideré mi cuerpo y mi alma como aquellas viejas piedras gastadas, vencidas y caídas. Sin embargo, no pude evitar reparar en la extraña belleza de aquel superviviente del tiempo. Su desgaste me hacía temer por su futuro, pero allí estaba. La belleza curvilínea de las bóvedas que antiguamente albergaron al cuerpo de guardia seguía manteniéndose. Su arco rebajado, con las muescas inevitables de la edad, seguía presidiendo sobre el arroyo. El puente llevaba allí, al menos, dos milenios: había llegado a este mundo mucho antes que yo, y seguramente me sobrevivirá a mí y a mis pensamientos. Posiblemente, otros hombres de otras épocas remotas también se sentaron allí, en alguna piedra, a contemplar la perenne estabilidad del puente. A lo mejor también llegaron tristes y también se deleitaron con la intemporal belleza de la construcción. Quién puede saber cuántas veces ha sucedido este diálogo entre un caminante y un puente, y cuántas veces tendrá que suceder aún.

Fue entonces cuando me di cuenta de que mi tristeza se había ido. No dejaba de sentir cierto desgarro dentro de mí, pero ahora todo era distinto. Entendí que el puente, el viejo puente romano, seguía prestando su servicio: permitía que los caminantes pudiéramos seguir nuestro camino. Y comprendí que todos estamos aquí para algo, todos tenemos una misión.

La tarde empezaba a declinar, así que me levanté de mi piedra, respiré profundamente, inundé mis pulmones con el aire frío y mis oídos con el murmullo suave del arroyo. Agradecido por el mensaje, remonté el puente, lo atravesé y llegué hasta el coche.

En ese momento, al otro lado, por el camino a lo lejos, apareció un rebaño de ovejas, dirigido por un pastor y su perro. Unos instantes después, las ovejas cruzaban ordenadamente el viejo puente romano, inundaban el rellano donde me encontraba y seguían tranquilamente su camino. El pastor llegó adonde yo me encontraba:

- Buenas tardes.

El hombre lo dijo mirándome a los ojos, con amabilidad, con gesto adusto, pero cordial, al contrario de lo que suele suceder en la ciudad.

- Buenas tardes –le respondí.

El puente que hace dos mil años se construyó para servir a los soldados invasores, hoy era utilizado por un ejército distinto: una cohorte de pacíficas ovejas, capitaneada por un pastor de mirada franca y su perro. Sin saberlo, aquellos romanos embelesados con sueños imperiales habían servido a un plan superior.

Ahora estoy seguro de que, del mismo modo, sin saberlo, todos servimos a un plan superior.